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domingo, 20 de abril de 2014

Comité Peruano - Conversando con Fernando González

COMITÉ PERUANO DE SOLIDARIDAD CON LOS 5

Boletín N. 051- 2014

Entrevista realizada por Hernando Calvo Ospina al antiterrorista cubano recientemente liberado.

  René y Fernando González en una visita en la ciudad de La Habana
Los vi venir. La cita era en la Plaza de Armas, del lado de El Templete, en La Habana Vieja. Creí que nunca llegarían. Su paso era lento, despreocupado. Querían mirar y reparar en todo. Era como si quisieran descubrir la ciudad. Como si fueran los más dedicados turistas. Quise ir a su encuentro pero desistí cuando miré a su alrededor. Muchos ojos se abrían desmesurados, como no creyendo que eran ellos. Entonces una mujer se acercó a ellos, y los tocó para constatar que sí eran. Se lanzó en abrazos. Avanzaron unos pasos y llegaron otros tres jóvenes para saludarlos. Pero la mayoría se contentaba con admirarlos. Ellos, con la mayor ternura recibían y observaban esas demostraciones de cariño. Después de haber escuchado una versión de la Guantanamera, adaptada a los “Cinco Héroes” por tres músicos callejeros, al fin llegaron al lugar de la cita. Ahí sí me acerqué. Mejor, me fui directo para abrazar a Fernando.

Nos fundimos en un abrazo como poquísimos he dado y he recibido de un hombre. Mi admiración por su noble labor y sus años pasados en prisión se fueron en el mío. Luego saludé a su esposa, Rosa Aurora Freijanes. No supe a quién debía saludar en primero: René, el otro antiterrorista libre, o a su esposa Olga, con los cuales ya había tenido la oportunidad de compartir unos momentos meses atrás. Creo que primero la abracé a ella. En ese momento noté que una dama trataba de pasar desapercibida: Elizabeth Palmeiro, la esposa de Ramón Labañino, otro de los antiterroristas cubanos que aún sigue pagando injusta condena en Estados Unidos.
Dominique Leduc, secretaria general de la Asociación de solidaridad France-Cuba, estaba más que sorprendida. Yo la había invitado sin precisarle de qué se trataba.

Había mucho viento, lo que dificultaba filmar en la calle. Por eso pedí a la dirección de un hotel que me permitiera hacerles la entrevista en el pequeño patio. Apenas dije de quienes se trataban aceptaron de inmediato: “Es un gran honor para nosotros acoger a nuestros Héroes”. No había dado la espalda para ir en su búsqueda, cuando sentí que la noticia comenzaba a propagarse entre los trabajadores. “Este pueblo les debe mucho”, le escuché decir a un hombre de piel bien negra, muy emocionado.
Ahí tenía sentado a Fernando para hacerle unas preguntas. Antes de que Roberto Chile, el reconocido camarógrafo cubano, diera luz verde a la filmación lo observaba y me preguntaba: ¿¡cómo pueden ser tan humildes, tan humanos, cuando en cada esquina y hogar de Cuba están presentes!?
“Los guardias me despertaron a la una de la madrugada del jueves 27 de febrero. Después me encadenaron de manos, cintura y pies, y a las 3h30 me sacaron de la prisión de Safford (Arizona). Presuntamente estaba en libertad, pero ahí mismo, en la puerta, fui detenido por las autoridades de migración. Y me llevaron en una caravana de vehículos muy custodiado hasta la ciudad de Phoenix. Luego a Miami… El operativo duró unas 36 horas. Siempre estuve esposado, y en medio de un gran operativo de seguridad que me sorprendió. Hasta en el avión que me trajeron a Cuba traía esposas, aunque eran de plástico, las que cortaron cuando el avión abrió la portezuela en el aeropuerto José Martí de La Habana. Sólo en este momento me sentí libre.
¿Cómo se comportaron los presos contigo? ¿Sabían quién eras?

Al comienzo era un preso más. Pero poco a poco se fue haciendo conocido el caso debido a la solidaridad internacional. La solidaridad de las organizaciones en Estados Unidos logró que en algunos canales de televisión alternativos se informara de nosotros. Además, los materiales de lectura que recibíamos los compartíamos con los otros presos. Esto fue llamando la atención, y así se fueron dando cuenta que éramos personas con un pensamiento diferente. Entonces venían para charlar de Cuba, de la Revolución. 

Estuviste preso quince años, cinco meses y quince días. ¿Fue un castigo que se le dio a Fernando González?

Desde el inicio de este proceso fuimos conscientes de que estábamos pagando por ser cubanos revolucionarios. Por estar realizando una labor para el pueblo de Cuba, para la Revolución, y hasta para el pueblo de Estados Unidos, pues evitamos acciones terroristas que le hubieran podido afectar. El castigo no fue contra mí, contra nosotros: fue una necesidad de venganza por el odio que tienen contra un proceso revolucionario, contra una historia. Y así lo asumimos.

¿Cómo te sientes en Cuba?

Me siento bien libre, y no solo por haber salido de un régimen de cárcel. Tengo esa libertad que me negaron en Estados Unidos. Aquí tengo la libertad de hacer lo que quiero, incluyendo la libertad política. Es que en Estados Unidos no se es libre de pensamiento, porque ellos tienen muchos mecanismos para controlar y manipular a las conciencias de las personas.

Quedan tres antiterroristas cubanos en prisión…

Tenemos una deuda de gratitud con todos los amigos del mundo por lo que han hecho por nuestra libertad. Pero tenemos aún muchísimo por hacer, porque no nos conformamos que Ramón y Antonio cumplan su sentencia, como la cumplimos René y yo. Hacerlo significaría que Gerardo nunca regresara. Por eso los amigos de la solidaridad en el mundo deben seguir presionando para que los tres salgan y regresen lo más pronto posible

¿Sientes que la Revolución y el pueblo cubano te cumplieron?

Me cumplieron. Nos cumplen. Pero es que nunca tuve dudas. Nosotros estábamos claros de cuál era nuestra responsabilidad, y que debíamos resistir. Estábamos conscientes de que públicamente, o no, íbamos a tener el apoyo de la Revolución, del pueblo de cuba. Y esto incluye a muchos cubanos residentes en Estados Unidos y el mundo. Un día se decidió que la defensa y apoyo a los Cinco se hiciera pública. Eso fue una decisión política. Pero aunque no hubiera sido así, nosotros sabíamos que no íbamos a estar solos.

(*) Hernando Calvo Ospina es periodista y escritor colombiano, residente en Francia y colaborador de Le Monde Diplomatique. Su último libro, traducido a seis idiomas, es "Calla y Respira", publicado en español por El Viejo Topo. Su página : web: http://hcalvospina.free.fr/

viernes, 26 de julio de 2013

Hay un Héroe suelto en Cuba

Por Hernando Calvo Ospina*/Foto Virgilio Ponce -Martianos-Hermes-Cubainformación.- Aunque estaban juntos, a la primera que abracé fue a Olga. “¡Es sensacional encontrarte en una situación totalmente diferente!”, le expresé emocionado. Otras veces habíamos compartido tribunas, en Europa y Cuba. Ella, siempre denunciando la situación de los Cinco antiterroristas cubanos encarcelados en Estados Unidos.
Luego encontré los brazos de este hombre alto, acuerpado, de barba mediana y casi blanca, llamado René González, el esposo de Olga, y el primero de los Cinco en ser liberado. Desde que me habían hecho la invitación “a comer algo” con algunos miembros de su familia y unas pocas amistades, pensaba y pensaba cómo iba a saludarlo.
Nos sentamos en un amplio balcón que recibía el viento que intentaba refrescar el tremendo calor que por julio asalta La Habana. Quedé frente a él, con nuestras rodillas no tan alejadas. Me ofreció agua fresca, y para hacerlo soltó la mano de Olga. Fue de las pocas veces que se desprendió de ella. Ellos no se dejaban. Fue su madre, Irma, quien me propuso la alternativa de un refresco. Su hermana Sara ofreció un ron. El agua estaba bien por el momento.
Yo no venía para hacerle una entrevista, pero tampoco me creí capaz de inventar la primera pregunta original que abriera el diálogo. Por eso me dirigí a Olga para, tontamente, preguntarle: “¿Cómo te sientes?”. Y recibí la respuesta más lógica de unos ojos brillantes aunque con vetas de cansancio: “¡Feliz!”
René y otros cuatro cubanos fueron detenidos en Miami el 12 de septiembre de 1998 acusados de espionaje. René fue sentenciado a 15 años de prisión, y dejado en libertad condicional en octubre 2011, después de pasar doce “a la sombra”. Una amiga solidaria le facilitó una casa en un elegante sector de Miami, pero rápidamente se convirtió en una “cárcel dorada”, como él mismo la describe. Prácticamente vivía en la clandestinidad; debía cuidar que no se le ubicara, pues su vida correría peligro. Y es que residía en la misma ciudad donde reinan los grupos terroristas que él había infiltrado y denunciado, protegidos por la CIA y otros organismos estadounidenses.
El año pasado se le permitió visitar a su hermano enfermo. Hacia 23 años que no tocaba suelo cubano. También fue la oportunidad para rencontrase con Olga. Ella, por seguridad, había regresado a Cuba con las dos hijas, y Washington nunca quiso darle visa para visitarlo.
El 12 de abril de este año se le permitió viajar de nuevo a Cuba para asistir al entierro de su padre. Aprovechando esta oportunidad, de nuevo se le pide a la jueza estadounidense que permita a René terminar de pagar el año y medio de libertad condicional en Cuba. Y más: se le propone que René se presente a la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, SINA, para que entregue su pasaporte y renuncie a la nacionalidad que adquirió por nacimiento. La jueza quedó sin excusas y tuvo que aceptarlo el 3 de mayo.
El “Héroe de la República de Cuba”, como fue distinguido el 6 de julio por el Parlamento cubano, junto a sus otros cuatro compañeros, no logra describir lo que es estar en Cuba. Su hija menor creció mientras él estaba en la cárcel, “y tuve la suerte, y desgraciadamente fue debido a la muerte de mi padre, de que pude estar en sus quince años.”
Luego de comer un trozo de tamal nos comenta: “He ido a lugares tan inhóspitos, donde apenas hay una radio y la gente sabe de nosotros. Pienso que esto no lo merezco, pues yo sé que existen otros cubanos que han hecho muchos méritos para este reconocimiento.”
Cuando estoy tratando de encontrar la pregunta original, alguien me pide que le cuente a René “lo del avión”, y mi inclusión, por el Departamento de Estado, en la “No fly list”[1], o lista de presuntos “terroristas”. Aunque él ya sabía algo, pone cara de incrédulo. También se interesa por los motivos que el gobierno francés tuvo para negarme la nacionalidad [2].
Después de escuchar mis relatos dice, a manera de reflexión, que teme por el futuro de Estados Unidos. Afirma que a su interior existen muchos tipos de violencia radicales, mientras su gobierno anda buscando fantasmas terroristas por el mundo. Estamos de acuerdo. René está al tanto de la política exterior estadounidense, europea y del mundo. Aunque era de imaginarlo, me sorprende. Escucha con atención cuando un amigo embajador hace un análisis de la situación de conflictos en África, particularmente en Mali y Libia. El que varios países europeos le hayan negado el paso al avión del presidente Evo Morales lo tiene atónito.
Ya es hora de cenar. Cada quien deberá servirse y venir a comer en la terraza, plato en mano. La pareja se disculpa por no quedarse a saborear el potaje de frijol negro, pero deben ir al hospital a visitar a una familiar. De salida, su madre lo abraza con el cariño inmenso que sobrepasa al valor de un hijo amado.
Desde el balcón de ese primer piso observamos a la pareja. Ella nos vuelve a decir adiós. René, luego de abrir el auto que él mismo conducirá, nos mira, levanta el brazo con el puño cerrado y deja escapar una serena y segura sonrisa. Así le respondemos.
Viendo el auto que se pierde al fondo de la calle, pienso en Gerardo Hernández y en sus dos cadenas perpetuas más quince años. Recordando las manos entrelazadas de René y Olga, me llega la imagen de Adriana Pérez, su esposa, a quien le niegan la visa para ir a visitarlo.
Notas:
*Hernando Calvo Ospina, escritor-periodista colombiano residente en Francia.